Doctrina 6. Elffman - La Causa Laboral

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HUALIMPARAHUALIMPALIHUÉ EN LA FACULTAD DE DERECHO DE LA UBA, por Mario Elffman

En mis clases universitarias, yo utilizaba métodos de provocación a la necesidad de reacción o de respuesta de mis alumnos, sacarlos de la pasividad receptiva de que cuanto dijera el profesor era verdad jurídica, o ni siquiera superara la abulia de quien oye sin escuchar.
A veces me convertía en abogado del diablo, y defendiendo el sacrosanto derecho de las empresas para sostener e incrementar su cuota de ganancias, por lo menos excitaba alguna respuesta, así fuera la de extrañeza. Otras, utilizaba algunos métodos de reducción al absurdo, para forzar los razonamientos lógicos hasta el punto de convertir lo irracional en hipotéticamente admisible.
Para ese propósito, hace muchos años, comencé a utilizar un ‘modelo’ que me había servido y me seguía sirviendo para la creación cotidiana de cuentos y relatos para mis hijos y luego para mis nietos. Era el de una ínsula muy singular, de características sociales y humanas muy particulares, que se llamaba (o se sigue llamando en sus memorias) HUALIMPARAHUALIMPALIHUÉ, donde los habitantes eran (o son) los MURIÑANDUPELICASCARIPLUMAS, y donde la única autoridad visible era (es) JUANCITO, asesorado por un consejo innominado, rodeada de un mar de leche, en la que la lluvia es de sopa, y que solía (suelo) visitar, siempre a pedido de Juancito tras su eterno ¡estoy desesperado!, y el planteo de un problema que requiere de mi apoyo. Para los niños, la explicación de mis viajes contenía un elemento adicional de irrealidad, el de llegar  montado sobre la ballena PANCRACIA, que desde la nada pasó a ser un personaje necesario en cada historia.
Un buen día decidí intentar un traslado de ese escenario a la docencia para alumnos de abogacía, y en algunos casos para graduados y participantes de carrera docente o de especialización en derecho del trabajo y de la seguridad social, adecuando la temática a la de un Estado cuya característica político-jurídico-social era (es) la de que en él el único medio de control social, EL ÚNICO, era (es) el derecho. No hay otras mediaciones superestructurales, por fuera de lo que la norma indique y exija, no hay un impacto de otras formas de regulación, ni siquiera las ideológicas o religiosas.
Recuerdo como primera experiencia la de una clase en la que narré, tras una presentación del escenario, el grave problema que se había suscitado por la evidencia de una tan notable baja de la tasa de natalidad como para llegar al extremo de comprometer la reproducción del proceso que permitiera la continuidad de la propia vida de los Muriñandupelicascariplumas en un futuro no demasiado remoto.
Allí entró en escena, casi sin yo proponérmelo, la primera GRIETA en el consejo que tenía que encontrar una solución estrictamente jurídica para ese problema. Porque lo que ocurrió, en el desarrollo del cuento para adultos, fue que la única idea que llevaba preconcebida era la de que el abordaje estrictamente jurídico de la cuestión era la solución de desincriminar el delito de violación, esto es, legalizarlo y autorizarlo, de modo de conseguir por tal vía lo que la iniciativa familiar no producía.
En eso estaba, cuando se me cruzaron dos ideas, que en el acto se transformaron en la primera partición de aguas en el consejo generador de las normas, a partir del consenso general sobre la propuesta. Por un lado, aquellos consejeros que sostenían que una conducta humana puede ser delito en una determinada sociedad y en un no menos determinado contexto histórico, y no serlo en otras condiciones, de modo que con suprimir la normativa aludida al tema en el código de conducta jurídica todo quedaría resuelto.  Pero apareció otro grupo, para el que esa solución era demasiado drástica y odiosa para los muriñandupelicascariplumas, y lo que proponía era el mismo resultado, pero manteniendo (y aún incrementando) las penalidades para esa figura delictiva, pero agregándole a la norma que la tipificaba un simple párrafo que dijera: ‘tratándose de una acción de instancia privada, para poder ejercerla y como condición indispensable, la víctima de la violación tiene que interpelar previamente a su agresor (o agresora) y por un medio fehaciente para que cese en su conducta reprochable, bajo apercibimiento de considerarle incurso en el delito que describe esta norma”.
Casi sin darme cuenta, en ese aula, yo acababa de descubrir la división entre el grupo de halcones y el de palomas. Casi sin darme cuenta había traspolado la partición de aguas entre quienes en otras geografías pretenden la liquidación de la normativa de tutela de derechos de los y las trabajadores, (halcones) y quienes se preocupan por el enunciado o declamación de normas de apariencia protectoria aunque sin hacer lo propio con las garantías de efectividad y cumplimiento de los deberes jurídicos que ellas contienen, en la etapa de incorporarles la coerción y coacción que les den vida (palomas).
Al riesgo de alterar el ritmo del desarrollo del programa de la materia que por entonces dictaba, que era la denominada ‘teoría general de las obligaciones laborales’, dedicamos con los alumnos una clase íntegra para debatir el ‘caso’ y ubicarlo en un contexto en el que la dominación social no se ejerce exclusivamente con el arsenal de la normativa legal, y coexiste con otros medios de control social. Obvio, recomendé algunas lecturas, en especial de Foucault, a las que nadie en el curso demostró haber acudido. No obstante, la experiencia de ese debate me llevó a buscar otros ‘casos’ que tuvieran la misma ecuación ficcional.
En esa búsqueda, recuerdo otra narración, que se me ocurrió en el tratamiento de temas de la ‘ley de riesgos de trabajo’ y su absoluta inconstitucionalidad (que, por supuesto no impide que siga vigente, y en algunos aspectos agravada un cuarto de siglo después de su promulgación en 1995.)
Si el problema a resolver era el del incremento de la accidentología laboral, supuse, la solución estrictamente normativa pasaba por la siguiente cadena silogística adoptada por el consejo de Hualimparahualimpalihué:
  1. El accidente de trabajo es el el acontecimiento violento y súbito (repentino) que ocurra en ocasión del trabajo en relación de dependencia, o ‘in itinere’,
  2. Del que resulte un daño mensurable y duradero, tanto en la salud o en la vida del trabajador accidentado como en la propia dinámica de la actividad que conforma su deber de prestar su fuerza de trabajo a las órdenes y en cumplimiento de las tareas que le proporcione o imponga la empresa empleadora.
  3. Ergo, si tiene ambas características, es un típico acto ilícito.
  4. Como acto ilícito, tiene que tener sanción legal.
  5. Siendo violento y súbito (ver premisa ‘a’) no es previsible, de modo que del concepto de licitud o ilicitud debe desprenderse la cuestión de la prevención, porque no hay prevención frente al caso fortuito o de fuerza mayor.
  6. ¿Quién, o por la acción de quién se produce ese acto ilícito? O ¿puede haber accidente de trabajo sin el protagonismo del sujeto trabajador?
  7. Ergo, el jurídicamente responsable del acto ilícito accidente de trabajo es el trabajador accidentado, o –en su lamentable caso- sus causahabientes, quien(es) debe(n)n asumir el deber de resarcir a la empresa de los daños y perjuicios que el percance haya podido producir en sus bienes e instrumentos, en sus ritmos de producción y en la pérdida temporal o definitiva de la plusvalía del sujeto-empleado accidentado.
  8. Salvo, y siempre habrá una excepción producto de la interferencia de las palomas en el reino de los halcones, que esos obligados puedan invocar y acreditar fehacientemente que el accidente se produjo por un hecho o acto doloso de su empleadora o de terceros por los que las víctimas no debieran responder.
También en este caso dedicamos una clase íntegra (recuerdo que era una doble, en días miércoles, esto es de un total aproximado de 1 y1/2 hora) a un debate en el que el núcleo de la provocación era la pregunta de qué es lo que fallaba en la estructura lógica de esa cadena silogístico-jurídica. Creo que este ejemplo fue más movilizador que el del delito de violación, tal vez porque en este caso se trataba de un tema de derecho laboral y la cabeza y sensibilidad del alumnado estaban enfocadas, al menos en ese momento, a la materia.
Contaba con cómplices entre mis escasos compañeros colaboradores de cátedra. De entre ellos, recuerdo muy especialmente el estímulo al debate que producía mi eterno amigo Paulo König, al dejarme a mí el lugar del abogado del diablo, el portador de las aparentes ‘verdades jurídicas’ y de la estructura lógica propuesta, y pelearse a brazo partido con ellas excitando la participación de los alumnos, que en ese caso se negaron a suspender la discusión renunciando al recreo intermedio. Se eligió a un gestor por cada grupo o equipo, partió raudamente cada uno de ellos para comprar café para todos, y continuamos hasta que las velas no ardieran. Lamentablemente, las velas ardieron al ser invadidos por quienes debían utilizar el aula en su propio horario.
Francamente, no recuerdo muchos otros momentos de comunión y de participación como ése con mis historias de Hualimparahualimpalihué y mis queridos muriñandupelicascariplumas.
Hace más de dos años que las circunstancias y mis propios cansancios y limitaciones, me apartaron del contacto con mis colaboradores y alumnos en los cursos y seminarios. Mis esporádicas visitas a la Facultad me dejan en un estado de incomodidad muy poco satisfactorio. Quizás sea un momento propicio para reflotar algunas experiencias vividas en la docencia, comenzando por ésta. JUANCITO, desde su ínsula, supongo que me comprenderá.

Imagen: Niño geopolítico observando el nacimiento del nuevo hombre, de Salvador Dalí.

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